Artículo publicado en la revista LA TARDE -la otra historia de Santa Cruz-
En el anterior número de LA TARDE he leído, no sin sorpresa, una nota dirigida a aquellas personas que hace poco arribaron a estas costas, donde se intenta explicar la intrincada trama política y social de esta provincia. El mensaje está dirigido a “los muertos de hambre recién llegados del norte”, en el habitual estilo frontal del autor.
Causa cierta gracia el calificativo del autor hacia quienes del norte vienen, en una provincia donde “Sur” significa apenas Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Gracia digo, porque del apellido del autor se desprende que puede solicitar el pasaporte de la Comunidad Europea en cuanto junte dos o tres actas de nacimiento, mientras que los muertos de hambre que del norte vienen no pueden apelar a ningún antepasado que les alcance la pelela para ir a probar suerte en el Viejo Continente. El autor de esta columna que usted está leyendo, sin ir más lejos, es un muerto de hambre (no tan) recién venido del norte, portador de rasgos mestizos, de apellido español prestado, y los abuelos de sus abuelos ya eran argentinos. A duras penas califica para obtener el pasaporte que expide la Policía Federal Argentina, y quien lo viera caminando por las calles de Madrid no vacilaría en calificarlo como sudaca, esos muertos de hambre que vienen de América Latina.
Quizá el autor de la nota ejerza una tardía venganza por lo de “muertos de hambre que vienen de Europa”, mote que probablemente le colgaron a sus abuelos cuando los vieron bajar del barco… los que habían bajado del barco dos generaciones atrás. Pero la venganza, hasta los niños lo saben, es imposible. Cuando uno quiere ejercerla no puede, y cuando puede ejercerla, ya no quiere o ya no sirve. Así que dejemos de lado esta arista del asunto. Cabe acotar también que los descendientes de europeos que a esta tierra vinieron suelen ser reticentes, cuando no refractarios, a incluir como “de acá” a los pueblos aborígenes; conclusiones a cargo del lector. Dejemos también esa arista de lado. Lo que está implícito en la nota mencionada es que los “de acá” tienen -o al menos merecen- ciertos derechos que los venidos “de otro lado” no deberían tener.
Creo que ahí está el nudo: no todos tenemos el mismo concepto de lo que significa “de acá”. Entre un NyC de apellido francés y un mestizo con ocho generaciones de argentinos por ambas ramas… ¿quién tiene más derecho a considerarse “de acá”? ¿Qué significa ser “de acá”? Bueno, es una polémica vieja. Muy vieja.
Hace unos 300.000 años el Homo sapiens ya existía en las llanuras que hoy conocemos como Etiopía. Esto no es una especulación, los restos óseos están ahí, también lo que quedó de sus herramientas, sus cacharros, sus ritos mortuorios, todo. A los que se toman la Biblia o el Corán demasiado en serio les suena blasfemo, pero ahí están las huellas de nuestros abuelos. A otros que siguen siendo racistas pero les da vergüenza asumirlo les molesta que en el fondo todos seamos africanos. Tanto unos como otros niegan la evidencia del mismo modo que los inquisidores negaban los satélites descubiertos por Galileo: se negaban a mirarlos. Pero bueno, olvidémonos de ellos; los escasos lectores de LA TARDE son gente diversa pero que comparte un rasgo: la mente abierta. A ellos me dirijo.
Las condiciones de vida en el noreste de Africa fueron empeorando debido a una gran sequía que dura hasta hoy, y hace 160.000 años un grupo de muertos de hambre salió a buscar el sustento a otros lados. A partir de esa fecha ya se encuentran restos de Homo sapiens en Medio Oriente y la península arábiga. Mediante la combinación de técnicas arqueológicas y genéticas se está trazando el mapa de cómo la humanidad se expandió por el planeta. Es apenas un bosquejo, pero somos la primera generación que podrá contestar a esta pregunta: ¿los seres humanos se originaron en un punto y desde allí se expandieron, o se originaron en múltiples puntos y luego confluyeron? Cada vez más la balanza se inclina hacia la primera opción.
La migración fue un proceso muy lento, unos pocos kilómetros por generación. Los primeros seres humanos habrían salido de Africa hace 160.000 años, pero los restos de Homo sapiens más viejos de esta provincia se calcula que tienen 12.000. Se tomaron 148.000 años para llegar, los muchachos. Pero sea el tiempo que sea, en un determinado momento se llegó a la siguiente situación: ya no había más tierras vírgenes de humanos. Fueran donde fueran los muertos de hambre que nunca faltan en cada generación, se topaban con personas que ya habían llegado antes. Para colmo, donde antes había simplemente hordas más o menos organizadas, empezaron a aparecer ciudades, reinos, imperios y más modernamente, países. A las barreras geográficas naturales le agregamos nuestras difusas barreras religiosas, ideológicas, culturales y políticas. Ya desde entonces empezó la polémica entre los “de acá” y los venidos “de otra parte” y todavía hay mucha gente enredada en ella. Es una polémica vieja, muy vieja.
El encuentro entre los “de acá” y los “de otra parte” no fue siempre fraternal. Casi nunca, bah. Cuando los “de acá” tenían superioridad militar, solían tratar con rudeza a los “de otra parte”, matándolos, esclavizándolos o echándolos. Si la situación era inversa, los resultados también lo eran. Y cuando las fuerzas estaban parejas se establecían tensas convivencias que -después de algún tiempo- podían terminar con cierto grado de fusión entre ambos grupos. Casi todo el Antiguo Testamento es el relato de las peripecias de unos muertos de hambre que fueron esclavos en Egipto y deambularon por Medio Oriente, hasta lograr asentarse con diversos grados de éxito en los territorios que hoy se llaman Israel y Palestina. Raspando un poco la superficie de los mitos olímpicos, se ve la lucha de unos muertos de hambre que llegaron desde el norte chocando con las poblaciones ya establecidas en lo que hoy llamamos Grecia. El último emperador de China descendía de unos muertos de hambre llamados manchúes, que allá por el 1600 eran unos recién venidos del norte al Imperio Celeste. Por mucho que a algunos les disguste, no sólo los “de acá” hacen girar las ruedas de la historia. Los muertos de hambre venidos “de otro lado” también.
Hubo esporádicos intentos por extender el concepto “de acá”. Pericles creía que Atenas era la patria de todos los griegos libres, idea que no seducía mucho a las familias NyC del Atica. Alejandro quiso ser el rey de todos los hombres, ya fueran griegos, persas, egipcios, etc, y esto disgustaba a sus viejos generales que consideraban al mundo no griego como meros conquistados. Julio César planeaba extender la ciudadanía a todas las provincias, de modo que un sirio, un ibérico o un galo se consideraran, ante todo, romanos; parece que ese fue uno de los motivos de su asesinato. Se ve, se percibe en la historia una lucha a veces sorda y otras veces abierta entre los que quieren extender el concepto “de acá” y los que quieren restringirlo. Pero con el tiempo quedó al descubierto que aplicar el concepto “de acá” era un error conceptual. Un muerto de hambre recién llegado a Londres en el siglo XIX iba a patear ese tablero.
El finado Carlitos Marx, después de mucho pensar, mucho escribir y mucho pasar hambre, llegó a la conclusión de que la humanidad no se divide entre los “de acá” y los “de otro lado”, y sí en clases sociales, en explotados y explotadores. Este lenguaje hoy suena obsoleto, setentista, pero si no le gusta, cámbielo: los de arriba y los de abajo, los ricos y los pobres, los que viven del trabajo ajeno y los que trabajan, etc. La pertenencia de una persona a un grupo se establece por las leyes de la economía, y no por el mapa. Según Marx había más intereses en común entre un obrero de las minas de carbón de Durham y un peón de campo argentino, que entre ese mismo obrero del carbón y un miembro de la realeza británica. Desde entonces la sociedad se ha vuelto más compleja, más variada, más engañosa, pero algo ha quedado claro para siempre: clasificar a la gente entre los “de acá” y los “de otro lado” es anacrónico, simplista y peligroso. Las interrelaciones entre grupos humanos son mucho más complejas, no aptas para ojos perezosos que miran apenas el DNI y más específicamente el renglón que dice “lugar de nacimiento”. Quedarse con ese concepto “de acá” y “de otra parte” es un signo de vagancia intelectual del cual conviene huir sin demoras. Huya usted de ese concepto. Huya usted de los que sostienen ese concepto. Y por sobre todo, en su huída, no pierda tiempo tratando de convencerlos. Y si usted es NyC, no se confíe de su condición y huya también. Porque puede suceder que los que así piensan sean tercera generación de NyCs, mientras que usted es apenas de segunda. Tampoco se sienta a salvo si sus abuelos y los de ellos llegaron casi juntos, pero en algún momento le reclamarán que su abuelo de usted bajó del barco veinte minutos después que su abuelo de ellos. Tome sus cosas y raje porque nadie sabe en qué momento estas personas, normalmente amables y educadas, se volverán en su contra por considerar que usted no es “de acá”.
La provincia de Santa Cruz vive de las rentas que produce la extracción de combustibles fósiles que no durarán para siempre. Riqueza, lo que se dice riqueza, acá no se genera. Existe sí un estado rico que reparte discrecionalmente esa renta, la mayor parte vía obra pública y una cantidad mucho menor en forma de masa salarial para los empleados públicos. La gran masa de dinero -o sea, el poder- se concentra en pocas manos. Para mucha, mucha gente, emplearse en la administración pública es casi la alternativa obligada para su supervivencia. Mientras la economía provincial continúe siendo un mero apéndice de las finanzas estatales, esta situación no sólo no cambiará sino que empeorará. Los “de acá” y los “de otro lado” competirán por migajas, mientras otros comen el banquete.
Existe una ley provincial que obliga al estado a contratar a aquellos profesionales nacidos en la provincia de Santa Cruz por el simple hecho de haber nacido en la provincia de Santa Cruz. Muchos, como el autor de la nota dirigida a nosotros los muertos de hambre recién llegados del norte, se preocupan porque no se cumple. O porque se cumple, pero otorgando modestos cargos con modestísimas remuneraciones que ponen al novel profesional apenas por encima de la línea de pobreza. O sea, a la altura de los muertos de hambre recién venidos del norte. Por muchas razones dicha ley debería ser derogada. La primera, por esto: “La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley, y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad”. Está en algún lado de un librito que dice en la tapa “Constitución Nacional”.
Pero hay otra razón aún más importante ya que proviene de un dato de la realidad. Es la realidad la que cambia a las leyes, y no a la inversa. Pretender cambiar la realidad por la mera letra de una ley es una expresión de deseos. Por eso, ¡oh! joven santacruceño próximo a graduarte: no te preocupes por el cumplimiento de dicha ley. Si se reorienta la renta petrolera hacia actividades productivas, genuinamente generadoras de empleo, numerosos empleadores se disputarán tus servicios; o bien el terreno será fértil para sembrar tu propia empresa. Pero si las cosas siguen como están, mejor escarba entre tus ancestros hasta encontrar algún europeo y comienza tramitar el pasaporte comunitario porque la renta petrolera se acabará en diez años. Salvo de visita, no querrás venir a estas latitudes donde medraremos un puñado de NyCs y algunos muertos de hambre ya viejos, que borrarán sus diferencias para sentarse juntos a añorar la provincia que pudo haber sido y que no fue. Acepta este humilde consejo de un (no tan) recién venido muerto de hambre quien, como todos los muertos de hambre de la historia, no tiene otro mérito que el de haber sobrevivido.
Y con eso, tiene bastante.