Si uno se guía por los horarios de verano para la atención del público, da la impresión que todo el mundo se toma tres meses de vacaciones. Sale fácil entonces la analogía de comparar a marzo con el lunes del año. Julio sería un feriado entre semana. Y diciembre equivaldría al viernes del año.
Viernes. Que bella palabra. Hasta hay una película cuyo título refleja el estado de ánimo de muchas personas: “Gracias a Dios es Viernes”, con Jeff Goldblum jovencito y Donna Summer en su mejor momento. Viernes. Preludio del fin de semana. Puedo acostarme tarde. Juntarme con amigos. Salir. En pocas palabras, relajarme. Si diciembre es el viernes del año, diciembre debería ser un mes relajado. Distendido como dicen algunos. Pero eso será en otros países. Acá termina diciembre y los argentinos -por reflejo condicionado- nos contracturamos de pies a cabeza. Hiperinflación. Cacerolazo. Saqueos con zona liberada. Cromañon. Como será que casi todos los astrólogos incluyen en sus predicciones que “en diciembre del año que se inicia un hecho conmoverá a la opinión pública”. Guitarrean que será por la conjunción entre Marte y Venus o por una diarrea súbita que le agarrará a Mercurio, pero por las dudas lo ponen.
No, diciembre no es un mes para el relax en la Argentina. Para no perder la costumbre estuvimos en vilo por el destino de Gerez. Angustia que se transformó en alivio y cada vez más deviene en sospecha. Porque con una mano en el corazón conteste esta pregunta: ¿desde cuándo Canal 7 llega antes al lugar del hecho, ganándole a Mitre, a Telefé Noticias y a la mismísima crónica TV?
Pero amigos, alegría, alegría, que no es esta la columna de análisis político de LA TARDE, sino la sección cuentos infantiles de esta afamada revista que tantas veces han matado (y tantas resucitará).
Entre las cosas que agradezco a mis padres está una infancia sin cuentos infantiles. Criollos de varias generaciones, no me transmitieron esa pesada herencia europea de ogros, brujas, lobos que se comen a los chicos y otros horrores. Cuando conocí esas historias ya tenía la edad suficiente como para dudar de su verosimilitud, y el escepticismo es un buen antídoto contra el miedo, les garantizo.
En buena medida dichos cuentos tienen su origen en la edad oscura que siguió a la caída del Imperio Romano de Occidente. La ausencia de un poder central, las guerras entre reyezuelos vecinos, el desprecio al saber y al estudio, fueron todos factores que se conjugaron para crear sociedades sumidas en la miseria -hoy diría el INDEC “por debajo de la línea de subsistencia”- en las cuales la vida no valía nada -llámelo inseguridad, si usted quiere. Las grandes hambrunas que diezmaban a la población no eran episodios aislados, sino casi la regla.
Pero volvamos a los cuentos infantiles. Ante todo, hagan memoria y recordarán que casi todos transcurren en un bosque. Y quienes tienen el privilegio de haber conocido Alemania, al atravesar la Selva Negra, se preguntaron seguramente cómo se puede llamar selva a esos montecitos casi pelados. Bueno, ya no, pero hace siglos créame que Europa era un territorio en su mayoría cubierto de bosques tupidos. Bosques donde se escondían bandoleros y medraban los lobos. Bosques que proveían el casi único combustible existente: la leña. No vaya a pensar que los europeos se pusieron a cavar tres o cuatro kilómetros bajo tierra a fin de explotar el carbón sólo por capricho. No, siglos de depredación habían prácticamente terminado con sus famosos bosques. Bien, ya tenemos el escenario, ahora vayamos a los protagonistas de los cuentos infantiles. En algunos de ellos son niños de corta edad que son abandonados en un bosque. Y la razón del abandono era clara, simple y cruel: sus padres no podían alimentarlos. En otros cuentos hay ogros que se desayunan con un niño asado. Parece un exceso de imaginación pero no: durante las grandes hambrunas que azotaron Europa algunos recurrieron al canibalismo. Y lo ejercieron sobre los más indefensos.
Pero el clásico de los clásicos de los cuentos infantiles es la muchacha de humilde origen que se transforma en princesa. Muchachas que de fregonas pasan casi sin escalas al trono. Parece también un exceso de fantasía, aunque esta vez hacia el lado amable. Sepa usted que tampoco son pura fantasía: aunque no vestían de rosa ni tenían zapatitos de cristal, existieron princesas así.
Hay que ubicarse un poco en la época. Los bárbaros que destrozaron el imperio romano no lo hicieron por odio sino por codicia. Aún agonizante, el imperio seguía ejerciendo sobre ellos una fascinación casi infantil. Los últimos emperadores zafaron en más de una ocasión de ser víctimas de alguna horda bárbara con el mero trámite de otorgar al jefe de la misma un pedazo de tierra y un título pomposo. Los nuevos amos disfrutaban de estos títulos como un chico con juguete nuevo, y querían más. Vamos a ver el origen de algunos de ellos.
El más sencillo de todos lo seguimos utilizando aún en nuestra habla coloquial: cuando una persona tiene modales distinguidos solemos decir que “es un señor“. Se le otorgaba a un tipo que ejercía un dominio político y militar sobre un área más bien reducida. Su nombre en latín es más descriptivo: dominus.
Inmediatamente por encima de los dominus estaban los barones. Este título empezó a usarse entre los francos, esos guerreros germanos que se quedaron con lo que hoy es Francia y antes era la Galia. De hecho, baró es una palabra del idioma que hablaba esta gente y parece que significaba “hombre libre”, “guerrero” o las dos cosas.
Vizconde es, como muchos estarán adivinando, otra forma de vice-conde. Tenía una jerarquía, y por ende un dominio territorial superior a los barones. En ocasiones podían suplantar al conde en ausencia de éste.
Conde es una palabra derivada del latín comite (sin acento en la e). Los comites, amigos de la UCR, eran los “acompañantes del emperador”. El entorno, como le dicen ahora. En el medioevo eran muchachos de buena familia que ejercían funciones político militares en zonas de frontera. Su rango y dominio territorial era obviamente superior al de los vizcondes.
Marqués no es un título romano sino más tardío. Lo inventó Carlomagno para los nobles que ocupaban, defendían y administraban un territorio profundamente adentrado en territorio hostil. A esos territorios se los conocía como marks (marcas). Su nombre sobrevive, por ejemplo, en el nombre Dinamarca (Denmark). La autoridad del marqués era inmediatamente inferior a la del rey o emperador.
El equivalente de los marqueses pero en los territorios alejados de las fronteras hostiles eran los duques. Proviene del término latino dux, que significa simplemente jefe. Nos resulta más familiar a través del título que usaba Mussolini: Duce. Su autoridad y dominios eran también sólo inferiores a la del rey, o sea que estaban en pie de igualdad con los marqueses.
El título de príncipe tiene origen en la falsa modestia. Lo inventó Augusto, el primer emperador romano. Si bien él concentraba casi todo el poder político y militar, mantuvo una ficción republicana. Y en esa república el prefería se llamado simplemente princeps, que quiere decir el primero. El primero de los ciudadanos, obviamente. Siglos más tarde este título quedó reservado a los hijos del rey o del emperador.
Después la cosa se complicó con archiduques, lores, hidalgos, etc, pero más o menos así era la jerarquía de los títulos de nobleza. Los salvajes que salieron de los bosques se encandilaron tanto con ellos que hasta hoy los siguen utilizando. Algunos hasta creyeron que su posesión los transformaba en algo distinto, mejor que el común de los humanos. Y los transformaron en hereditarios. Y los acumularon. Así nacieron denominaciones como “Jean Baptiste de La Foret, barón de Chantecler, vizconde de Moulin Rouge y conde de Petit Paris“. Pero claro, eran expresiones de deseos. En una época en la que el transporte más veloz era el caballo percherón, no podían estar en todos lados. Se quedaban en uno de sus territorios y hacían lo que podían con el resto.
Estos nuevos amos de los restos del imperio romano eran poquitos. Unos pocos miles de guerreros dominando -casi siempre mediante la fuerza y el terror- a centenares de miles de campesinos y aldeanos. Formaron entonces una casta endogámica, en la cual la mayoría de las veces los casamientos eran meros acuerdos políticos. Abundaban los matrimonios formadas niñas prepúberes con señores cuarentones -o sea, ancianos para la época- que casi siempre eran sus tíos carnales. O adolescentes imberbes con primas treintañeras. A los descendientes actuales de estas relaciones casi incestuosas se los conoce con el nombre de “realeza europea“.
Mientras tanto el campesinado oprimido no podía hacer otra cosa que trabajar y aguantar. Como si esto fuera poco, las pibas la clase social baja tenían que aguantarse además los abusos sexuales a que las sometían los muchachones de la clase dominante. Costumbre que aún no se ha perdido ni siquiera en estas tierras, y si duda de mi palabra, recuerde el caso María Soledad Morales. Hartos de compartir el lecho con sus parientas, los hijos del poder buscaban un poco de solaz en los campos y aldeas. Y no precisamente con buenos modales.
Pero a veces, muy de vez en cuando, ocurría el milagro del amor. Por ejemplo en 1026 Roberto duque de Normandie tomó como concubina -por decirlo con cierta elegancia- a una aldeana llamada Arlette. Roberto tenía 16 años y Arlette seguro no pasaba de los 15. La relación entre ellos duró bastante más de lo que dura un capricho y Roberto la transformó en su mujer de hecho. En 1027 tuvieron un hijo al que bautizaron Guillermo. Roberto declaró a este niño su legítimo heredero y poco después partió a combatir en Tierra Santa. Murió lejos, cuando su hijo tenía apenas ocho años. Ante tal acefalía cualquier otro noble audaz podía despojar a Guillermo del ducado, pero no sucedió así. Arlette, la ex aldeana devenida duquesa de hecho se movió inteligentemente y mediante alianzas y promesas logró que la mayoría de los nobles respetara los derechos de su hijo. Guillermo recién pudo hacerse con el mando efectivo a los 37 años. Fue un gobernante enérgico, autoritario, desconfiado. Burlándose de su origen, la nobleza lo apodó Guillermo el Bastardo. Guillermo no se hizo problema: a los que osaron llamarlo así en público los mandó decapitar (a los nobles no se los puede ahorcar, eso es para nosotros los villanos) y él mismo se apropió del apodo. Se presentaba arrogantemente ante los otros nobles llamándose a sí mismo el Bastardo.
A los 56 años Guillermo cruzó el charco conocido como Canal de la Mancha y ya que estaba conquistó Inglaterra, cambiando para siempre el mapa de Europa. Desde entonces lo conocemos por un apodo más halagüeño: Guillermo el Conquistador. Se transformó en rey de Inglaterra y todos los reyes subsiguientes de esa corona llevaron algo de sus genes. O sea, de los genes de Arlette, aquella muchacha aldeana que tuvo más suerte que María Soledad Morales.
Para el vulgo era imposible entender la complicada jerarquía de los títulos nobiliarios. Para simplificar le aplicaban el título de príncipe a cualquier noble destacado. de modo que Arlette fue, a los ojos del pueblo, una aldeana que se transformó en princesa. Que hermosa historia, amigos, y sin embargo, la nobleza anglosajona la oculta pudorosamente.
El triste destino de María Soledad Morales nos recuerda que no es fácil extirpar las malas costumbres de la clase dominante. Algunos, como los revolucionarios franceses del siglo XVIII, llegaron a la conclusión de que esas malas costumbres sólo se podían extirpar extirpando a la clase dominante. Y lo hicieron a guillotinazo limpio. Pero las cosas cambiaron. Hoy ningún pervertido con título nobiliario puede abusar con impunidad de la hija de un productor rural europeo, en buena medida porque ya casi no hay productores rurales en Europa. Salvo en Francia, la acumulación de títulos nobiliarios persiste en Europa como costumbre inocua. Sirve apenas para engrosar los textos de la revista Hola.
Pero eso es en Europa. Acá, quienes ven con desagrado la concentración de poder paran las orejas ante la acumulación de títulos no ya nobiliarios, sino gubernamentales. Un humilde preceptor de colegio debe declarar bajo juramento que sus horarios no se superponen con ningún otro cargo público ni privado. La hermana del presidente, en cambio, puede ser a la vez Senadora Nacional por la Provincia de Santa Cruz, Ministro de Desarrollo Social de la Nación y Presidente del Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales; hoy es un secreto a gritos que aspira al título de Gobernador de la Provincia de Santa Cruz, aunque a juzgar por sus antecedentes lo obtendría sólo para pedir licencia y volver a su ducado.
No podemos culparlos. Los miembros de la clase dominante son poquitos, no confían en nadie y se tienen que repartir aquí y allá haciendo milagros. Y aún en estos tiempos en los que el avión Cessna Citation ha reemplazado al caballo como medio de transporte, tampoco pueden estar en todos lados.